Muchas veces (muuuchas) he sentido que dejo
pasar las mejores ideas, las mejores líneas, por mi terrible maña de procrastinar.
¿Se acuerdan que hace casi cuatro años dije que volvería a escribir? ¿Pues qué
creen? Que no. No lo hice. A veces pienso que para este momento, bien podría
tener publicadas 6 novelas, 263 cuentos, 1764398 artículos, ser exitosa,
millonaria y vivir de mis rentas (o mis escritos, pues). Pero no, decido ver la
vida pasar. Decido comprar la idea de que el hilo negro no se va a reinventar y
que no tengo nada bueno que aportarle al mundo de las letras.
Tal vez tenga razón. Tal vez no. Tal vez sólo
debo escribir porque algo dentro de mí se mueve como bailarina de perreo
intenso cada que se me ocurre esa “gran idea”. Si bien mi chamba consiste en
escribir, en generar conceptos y frases ganadoras, decidí guardar la pluma que
creaba esas líneas que sólo a mí me hacen feliz. Fue por ahí del 2009; finales.
Sin embargo, 2014 fue un año de encontrones con
la realidad. Me cayeron tantos veintes metafóricos que, de haber sido
literales, le estaría haciendo la competencia a Slim en la lista de Forbes. El
último cuatrimestre fue una revolución. Me permití equivocarme como nunca antes
y aprendí en cuatro meses lo que no había aprendido en casi tres décadas de
vida. Me di cuenta que hay personas que sólo están de paso, pero que su misión
no es otra que la de ayudar a conocerte. Decidí tomar de ellas lo bueno y
desechar lo malo, aunque eso significara no guardar el empaque.
Me arriesgué. Me permití querer con pasión, alma
y cuerpo sin importar que durara sólo unos días, o fuera para toda la vida.
Acepté que la distancia es un adjetivo relativo
que usamos para justificar nuestras fallas.
Descubrí que el amor se intensifica cuando
valoras los pequeños encuentros y te olvidas de las ausencias.
Añadí experiencias al baúl del “me acuerdo” y
vacié tanto pude el de “me imagino”.
Sumé y resté compañeros de viaje.
Retomé la terapia; en sólo tres sesiones, mi
loquera ha logrado que me cuestiones y me enfrente conmigo misma muchas más
veces que los 12 (sí, ¡doce!) gurús, psiquiatras, psicoanalistas y demases que
me trataron a lo largo de mi vida.
Volví a escribir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gira que gira, sigue dando vueltas...